Seudónimo : JUAN FIEBRE
Autor : Nicolás CRUZ VALDIVIESO
Ciudad : Santiago - RM.
País : CHILE
¿NO CREE, USTED, SEÑOR?
No señor, se equivoca, el copete no tuvo la culpa o al menos no toda. Lo que pasa es que en un tiempo yo tuve plata, los caballos, las timbas, hasta en el kino me iba bien, señor. Ponía el ojo y ponía la bala, como los pistoleros, señor. Pero cuando se acabó la plata las cosas empezaron a ir mal. La verdad es que nunca fui buen amante, con o sin plata, pero cuando había a ella no parecía importarle. Se acabó la plata y ¡Pum¡ comenzó a enojarse. Que no sabía tocarla, que no se acordaba de su último orgasmo, señor. Fíjese que hasta se puso un sobrenombre: La Cometa Halley, señor, porque algo le pasaba cada 84 años. No se ría señor, no es chistoso. El asunto es que empecé a deprimirme. Cada vez que terminaba y ella me sacaba de encima suyo a los empujones me hundía un poco más. Fíjese que le dió por contar chistes cuando nos juntábamos a tomar unos traguitos con los compañeros de oficina. Iba al baño y cuando volvía ella estaba en el medio. “Un chistecito”, decía, y los cabros me miraban de reojo riéndose. “Hoy día hubo una marcha de eyaculadores precoces en el centro”, decía sonriéndome, “Duró cinco segundos” y los cabros se estrujaban de la risa. “Y saben porqué no fue el cabo Matamala, famoso por disparar antes de tiempo”, atacaba de nuevo, “Porque lo ascendieron a Cabo Primero” decía y me daba un beso en la frente, el mismito de Judas a Jesús antes de traicionarlo, señor. En la semana los cabros me decían “Puta que es buena onda su señora, compadre”, “Y cuando invita de nuevo para su casa, compadre”, pero yo sabía que estaban afilando los colmillos, peleándose el lugar para hacer las tareas que yo dejaba incompletas. Una noche, mientras mi mujer hacía reír a mi costa a los cabros, yo decidí curarme, tomarme hasta el agua del florero y que pasara lo que tuviera que pasar. Usted creerá que toqué fondo, señor, que le entregué a mi mujer en bandeja a los lobos, pero se equivoca. Fíjese que de tanta piscolita no me di cuenta cuando estaba solo con mi esposa y, perdone la indiscreción, señor, pero ahí mismito, arriba de la mesa de la cocina pasó el cometa Halley. Y no pasó una vez ¡No señor¡ Pasó dos veces seguidas. Imagínese como desperté al otro día, con flor de hachazo, pero puta que estaba contento, señor, con el pecho inflado, era como el Schumacher, el Zamorano de la cuadra, señor. Así encontré la cura para mi enfermedad, señor. Fíjese la suertecita. Salía de la oficina y me tomaba unos pencazos con los cabros, después un tinturri en la micro y al llegar a la casa estaba listeylor. Ponía el ojo y ponía la bala, señor, pero ya no era el más rápido del Oeste. Si hubiera visto a mi mujer, señor. “Te sirvo otro traguito”, decía, riéndose sola. Yo también me reía y le decía “Golosa”, señor, “Potra”, señor, y ella seguía riéndose, segura que esa noche iba a pasar el cometa Halley. El problema es que empecé a sentirme mal, señor. Los cabros me decían “Que pasa compadre, no cree que se le está pasando la mano”, “No podemos cubrirlo cada vez que necesita vomitar” y yo “Gracias compadre, va a ver como mañana llego más sano que un yogurt.”, señor. Pero por dentro sabía que si quería seguir siendo el Schumacher, el Iván Luis de la cuadra, tenía que meterme religiosamente esos pencazos. ¿Cómo iba a curarme si no tomaba la medicina, señor? Así que seguí llegando enfermo y mientras vomitaba veía dibujarse la cara de mi mujer en el agua del water y me animaba diciéndome. “Métete los pencazos y la cara sonriente que ves en el agua no va a volver a ser la cara amargada de La Cometa Halley”. Tuve que empezar a tomarme los copetes solito, señor, porque los cabros me dijeron que no iban a sentarse a ver como me destruía. ¿No le parece una exageración, señor? Todo para no cubrirme las dos o tres veces que vomitaba durante la mañana. Porque después de la primera cerveza estaba como nuevo. Incluso, un día después de fichar me pidieron que habláramos, señor. Me dijeron que eran mis amigos, que dejara de tomar o me iban a echar del trabajo. Se da cuenta, señor, en la misma fuente de soda a la que antes íbamos, sin ningún respeto por los momentos vividos, ni los vasos vaciados. Usted dirá que eran buenos amigos, pero no se equivoque, señor, yo sabía lo que querían esas hienas, que volviera a ser el mismo para hacerle la corte a mi mujer, para terminar las tareas que yo dejaba a medias. El problema señor, es que mientras entre las sábanas era Iván “El terrible”, el rey del metro cuadrado, en la calle comenzaba a fallar. Empecé a perderme en la micro, señor, o me la tomaba para el otro lado o confundía los números y un par de veces me asaltaron mientras volvía a mi casa desde una población. También comencé a ver cosas, señor. Después de unos pencazos veía enemigos en todos lados, como en esa película en que el viejito que anda a caballo confunde los molinos de viento con gigantes. Lo mismito me pasaba a mi, señor. Despertaba con la nariz rota, señor y recordaba la increíble pelea en la que me había metido. Al otro día despertaba con la ceja abierta y lo mismo. Hasta que un día uno de los cabros me preguntó como estaba de la caída de la micro y yo le pregunté de qué estaba hablando, si la ceja me la habían abierto por defender a una niña a la que estaban asaltando. En ese momento me di cuenta, señor. Me estaba pasando lo mismo que al viejito de la barba y el caballo, mis enemigos eran los paraderos de micro y las paredes, que después de unos pencazos cobraban vida y me atacaban. ¿Se da cuenta, señor? Estaba viendo gigantes donde había molinos de viento. Una de esas noches tuve la visión. Iba caminando y a cada paso que daba un diablito me empujaba al suelo. Después venía un ángel y me levantaba, alcanzaba a dar dos pasos y el diablito volvía a empujarme, señor. Así llegué hasta la casa y vi que ella dormía, señor. La vi con su carita satisfecha y supe que era cosa de tiempo que La Cometa Halley volviera a aparecer. En ese momento me di cuenta, señor, ella tenía la culpa de que ya no tuviera amigos y de que me hubieran echado de la oficina, ella era la culpable de que estuviera viendo gigantes donde había molinos de viento. Mientras la veía dormir lo supe, señor: ella era la enfermedad ¿No le parece lógico lo que hice, señor? ¿Se puede culpar a alguien por querer estar sano, señor Juez?





















