lunes, 29 de octubre de 2007

CONCURSO DE CUENTOS BREVES 2007

5ta. MENCION ESPECIAL
Seudónimo :
MARUCHITO
Autor : Juan Raúl RITHNER
Ciudad : Gral. Roca - Pcia. de Río Negro
País : ARGENTINA

LA SÉPTIMA NOCHE
DE LOS AZAHARES


Manuela Castro, por lo frágil de su salud o por ser la menor, era la preferida de sus padres que, a esa altura, ya no jugaban con las fantasías de un hijo varón.
Suave en gestos, transparentes ojos color miel y una sonrisa ambigüa y encantadora, Manuela estimuló desde pequeña los celos de sus dos hermanas.
La que más los alimentó fue Josefina, la mayor. Morena, alta y de oscura mirada profunda, tenía una mancha negra en el rostro: "el antojo de la Castro" según doña Eufemia, la curandera solitaria que vivía en el monte de los Pacheco. Era estéril y había perdido al único hombre que amó en su vida: un forastero de cabellos abrumadoramente rubios que había venido al pueblo a comprar ganado y permaneció un tiempo en la región alumbrando esperanzas, sembrando vientres y dejando, tras él, recuerdos calientes y dolores de ausencia.
La vida de las tres se desarrolló monótona y tediosa como las siestas de verano. El único cambio fue la partida de la segunda de ellas junto a un hombre y tres valijas en el tren que, amarillo de polvo y sol, llegaba los jueves por la tarde.
Manuela creció en bellezas y estremecimientos.
Josefina envejeció en ansiedad y sombras.
Una mañana llegó la Compañía. Se instaló para explotar las minas de fluorita cedidas en concesión por el gobierno con la promesa de dar trabajo a algunos del creciente número de desocupados de la zona. Tras los que tenían una familia, fueron llegando sus mujeres, hijos, pocos bultos y sus muchas ilusiones de dinero rápido. Los demás eran jóvenes y buscaban desesperadamente combatir la soledad con tragos en lo del Viejo Pedro, "truqueadas" en lo de Rosa, y las muchachas del pueblo a las que buscaban explorar y encender.
Manuela amó desde el primer momento al capataz de la Compañía: un porteño de unos treinta años al que se le veía desplazarse tanto en un caballo pangaré bien enjaezado como en una camioneta blanca con faros de iodo color amarillo. En sus actitudes y en su estilo de andar y vestirse, se percibía su repudio a un Buenos Aires convulsionado y su placentero reencuentro con una atmósfera a la que pertenecieron sus padres y abuelos, y en la que él mismo se descubría.
En los cobrizos rulos indominables del capataz, Josefina revivió los del forastero que la había inaugurado en la fiebre de la piel. Y lo deseó para sí.
El capataz eludía sus insinuaciones, concentrado en seducir a Manuela. Pocos días para acercarse a la casa y comenzó a descubrirse el calor de las manos de ella en las de él bajo la mirada aprobatoria de Castro padre, ferroviario jubilado más gozoso en hablar de atributos y pelajes de caballos que en memorar antiguas épicas pueblerinas vinculadas con viajes, vías, vagones y locomotoras.
También crecían el aroma de los azahares en los naranjos del jardín, y la envidia y el despecho de Josefina.
La madrugada en la que la serenata del forastero llegó hasta el sueño agitado de Manuela y la llevó, cabellos sueltos, hasta los malvones y azaleas del alféizar de su ventana para contestar a su saludo, Josefina se levantó de su cama solitaria y se vistió de negro como las noches sin luna de julio.
Salió, Josefina, hacia el monte donde Eufemia vivía entre hechizos, íconos rojizos y perros flacos ojos fulgurantes. Breve el diálogo entre ambas. Y concreto.
Eufemia siempre había sentido especial predilección por esa Josefina, y no podía negarse a lo que ella le pidiera.
Siete días tardaría el hechizo para cumplirse, y siete tardaría la luna para resplandecer plenamente en el cielo de aquel pueblo. El capataz tenía que preferirla. Si él fuese más fuerte, sucumbiría antes de regresar el sol.
A la mañana siguiente, cuando los Castro se reunieron alrededor del café caliente y el pan crocante, Manuela anunció la fecha de su casamiento: sería para cuando los azahares agonizaran en los naranjos.
Siete días pasaron sobre los árboles florecidos, la alegría de Manuela y el deseo y la ansiedad de Josefina.
Otra vez la música de una serenata abrazó a las hermanas. Cuando los grillos restablecieron el sonido de la noche, Josefina vio confundirse entre los naranjos las sombras del capataz y Manuela, estremecerse sus cuerpos y emerger una música distinta a la que ella ya había conocido hacía mucho tiempo pero que fue sólo música breve, interrumpida, sin reencuentro ni germinaciones.
No desayunó esa mañana Josefina junto a sus padres y Manuela. La noche anterior había andado otra vez con su angustia a cuestas hacia el monte cercano donde se guarecía Eufemia rodeada de perros flacos con ojos fulgurantes. Tampoco desayunó los cinco días siguientes porque esa séptima mañana, al hundirse la luna en la luz salvaje del día nuevo, Josefina lloró junto al arroyo cercano al rancho de la Eufemia adormilada junto a un sauce, cansada de acelerar filtros y brebajes vencidos durante toda la noche, mientras los Castro madre y padre se enfrentaban a los cuerpos desnudos, abrazados y abiertos, de Manuela y el capataz apuñalados por un minero borracho de la Compañía, embriagado por el perfume de los azahares.-

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