lunes, 29 de octubre de 2007

CONCURSO DE CUENTOS BREVES 2007

2da. MENCIÓN ESPECIAL
Seudónimo : ERNESTITO
Autor : Edgar NORABUENA FIGUEROA
Ciudad : Huaraz - Depto. de Ancash
País : PERÚ

TIA PAULINA

Desde la vez que le vimos la lisurita a la tía Paulina, todo cambió para los dos.
Ese día, como nunca, aprovechamos la mañana para salir a jugar en la bajadita, detrás del corral de la única vaquita lechera de nuestro abuelo que esa madrugada se había ido al repunte de las ovejas. Juegue y juegue con nuestras piedritas cuadradas estábamos, yo era el camionero y tú, como el mayor, eras el dueño de las carreteras. De pronto, la vimos, ella se puso de cuclillas dispuesta a ordeñar a la “Blanquita”, no se percató de que estábamos jugando allí abajito y abriendo las piernas, toda confiada, comenzó a exprimir las ubres del animal, ¿recuerdas?, tú callaste y me hiciste hacer lo mismo con un codazo que me cayó de lleno en la cara. ¡Mira she!, dijiste como si estuvieras viendo el cielito mismo, y yo, también alzando la cabeza, la vi por primera vez, era pequeñita y bien rosadita. Nos quedamos con nuestros carritos en la mano, viendo la lisurita de nuestra tía y ni cuenta nos dimos de que estaba llegando don Cecilio Zorrilla a comprarle quesitos a mi tía. ¡Qué miran, so carajos!, desde su caballo, el extremo de su rienda lamió nuestras espaldas hasta hacernos chillar y saltar como tarukitas sorprendidas. Desde esa mañanita, todo cambió para los dos, dejamos los carritos en su garaje y abandonamos las carreteras que los chanchitos hociquearon hasta estropearlos; hasta diría que abandonamos nuestra infancia por ir en busca de la lisurita de nuestra tía Paulina.
Una tardecita en que volvíamos de la escuela, escuchamos tenues gritos, como de mujer. ¡Tal vez es el Pishtaco!, me codeaste. El ruido venía desde detrás de una matita de hapru, y temiendo que el Pistacho degollador también nos coja, poco a poco nos acercamos con piedras en la mano, cuando abrimos el ramaje, vimos a nuestra tía batallando debajo del tayta cura Cantalicio Sandoval quien, con cincho en mano, nos correteó hasta muy cerca de la casa. Esa noche lo íbamos a contar todo a nuestro abuelo, pero ella nos convenció, ¡Tienen que aprender a ser varones, a no andar con chismes!, nos resondró jalándonos de las orejas hasta hacernos llorar avergonzados.
El siguiente mes, nuestro abuelo se ausentó, de juego en juego, la tumbaste, yo no sabía bien qué estaban haciendo, tal vez por mi poca edad, luego me prometiste que nuestra tía me enseñaría a ser varón, y yo, insiste que insiste todo los días hasta que nuevamente nuestro abuelo se ausentó. Esa madrugada, cuando lo sentiste alejarse cabalgando su caballo por la inmensidad de la pampa, me codeaste, yo sabía que íbamos a hacer lo que ya estábamos planeando, y antes de que la tía saliera con balde en mano para ordeñar a la “Blanquita”, tú la llamaste al depósito de paja, ella, dejando su balde en el patio empedrado, acudió a tu llamado, coqueta y sonriente, cuando entró, tú la tumbaste sobre la pajita, le levantaste la pollerita y ella sonriendo se dejó mordisquear. ¡Enséñale a Teófilo a ser varón, tía Paulina!, le dijiste con tono de ruego.
Como era el menor siempre me iba acompañando a la tía a pastar, y en plena puna, imitando al Tayta cura Cantalicio Sandoval, a las ovejitas y al burrito “Cristóbal”, nos dábamos mañas para jugar de lo más lindo. Cuando llegábamos, siempre te negaba lo que habíamos hecho, es que te ponías rabioso y hasta querías azotarme, ¡Yo trabajando como condenado, y tú siempre jugando con la tía!, gritabas enrojecido de celos.
Al pasar los años, no sé cómo, pero maduramos, yo me di cuenta de que me gustaba la tía, ya no como compañera de juego, sino como mujer, y desde entonces la procuraba siempre para mí solito, ¡Ya no juegues con el Ernesto, yo quiero casarme contigo!, le dije una vez cuando ella salía a recoger agua al puquial, ella me miró sorprendida, vi en sus ojos que también me tenía harta afición, comprendí que así nomás me estaba aceptando.
Pero la desgracia se nos vino amontonada, como huayco de marzo. Llegaron los jijunas de los terrucos pidiendo cupo, como cada mes, pero esta vez no habíamos vendido ni un solo queso, y ni el Cecilio Zorrilla también venía porque esos jijunas lo habían matado y luego echado su cuerpo al río. ¡Si no tienen, uno de ustedes pagará con su vida, y el otro se unirá a nuestro Glorioso Ejército!, sentenció el que parecía perro galgo. Y así fue, mataron a nuestro abuelo poniéndole un letrero que no sé qué diría.
Esa noche te apartaron de nosotros y tú te fuiste llorando, más que por mí, por nuestra tía, porque desde que esos mismos jijunas asesinaron a nuestros padres por falta de cupo, desde esa época, ella siempre fue madre y padre para nosotros, siempre fue nuestra compañera de juego, y hasta nuestra amante, es que tanto tanto ya nos quería nuestra tía; por eso más lloraste por ella que por mí. Y yo también, desde el postigo de la puerta, llorando, te vi desaparecer tragado por la oscuridad y el silencio de la noche.
¿Sabes?, a mí también me llevaron después, vinieron los cachacos hasta nuestro pueblo y nos arrearon como a carneros a todos los que teníamos edad para el Servicio Militar. Y esa vez también, me fui llorando por la tía que ya estaba viviendo como mi mujer, ella también lloró por mí, no sé si era porque me iba a extrañar o porque no sabía cómo mantener a nuestro hijito que estaba a punto de nacer.
Después de tres meses llegó la noticia de que ella se había muerto al dar a luz, ¡Hijo del pecado la mató, Teófilo, hijo del pecado, carajo, por eso el pueblo sin velación siquiera rapidito nomás lo ha enterrado!, me dijo el paisano que me trajo la mala nueva, ¡Doña Justa Huamán está criando a tu hija!, me dijo antes de irse. Desde entonces, solo quería licenciarme para ir a criar a mi hijita, pero otra vez, se vino la mala suerte para mí, no sé si habrías sido tú, tal vez otro, pero en una emboscada con los terrucos jijunas, me dejaron tullido de un balazo en la espalda, y así ya sin provecho, hasta el Ejército me botó a la calle, solo e inservible, volví al pueblo.
De ese tiempo ya han pasado unos seis años, tú jamás volviste, hasta hoy. Como podrás haber visto, mi hijita Paulina es igual de bonita que nuestra tía, sí, es la que está tratando de entender por qué estoy así metido en ese cajón. Ya sé a qué volviste, Ernesto, a cumplir tu palabra de hermano mayor por no haber respetado a la mujer que tú también querías para esposa, pero qué iba yo a hacer, hermano, ella estaba sola y yo estaba solo. Sí, ya sé que eso no es pretexto, ya sé que eso no se vale, que eso es aprovecharse de la ausencia de uno, pero qué íbamos a hacer si ambos nos teníamos afición y la puna era muy fría para los dos.
Ahora solo te pido un favor, Ernestito, llévate lejos, bien lejos a mi Paulinita y cuídalo como si fuera tu hija, dale la educación que jamás tuvimos, para que sepa qué es pecado y qué no es, porque dicen por allí, que lo que nosotros hicimos con nuestra tía, fue pecado, y que por eso Diosito también tanto tanto así nos ha castigado en la vida, aunque tú y yo sabemos, que lo que hicimos no fue más que por el puro amor que le teníamos a ella.
Ahora sí, hermanito, ya me tienen que llevar, no diré a nadie que fuiste tú quien me clavó ese maldito cuchillo que ardió durante media hora en mi pecho, no lo haré, por algo somos hermanos. Ahora sí, hermano, ya puedes cargar mi ataúd.

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