lunes, 29 de octubre de 2007

3er PREMIO - CONCURSO DE CUENTOS - 2007

3er. LUGAR
Seudónimo :
IAN ANDRÉ
Autor : Carlos Smith Saravia
Ciudad : Santiago - RM
Pais : CHILE

LA ASESINA TRISTE

Siempre fue conocida por ser la bailarina con más facha de gringa del litoral y por sus danzas desenfrenadas, cubiertas de una desfachatez jamás vista en los cabaret del barrio Chino y del Almendral. Pero a Daniela los buenos tiempos le duraron poco. En Viña, en el sucio instante que cruzaba hacia Caleta Abarca, una camioneta la arrolló y la dejó mirando el cielo, balbuceando refranes de bajos fondos y con la rodilla derecha hecha astillas.
Cambió de oficio. La diosa de los puertos se había apagado, pero el ser humano estaba ahí, y no le quedó más que empezar a vender hasta el aliento Pero a los tres años se le cayeron las tetas y la cintura se le hizo cadera y de todos los amores que atendía, no volvió ninguno. Se le derrumbó la esperanza y determinó que aquello de amar sin amor había terminado. Mustia y devastada, se enclaustró en su cuarto a morir de indiferencia. A los dos días abrió los ojos, miró su entorno y pensó que en la humedad de la ventana estaba escrita su existencia, y sus ojos se encapotaron, no de tristeza, sino de una sensación inagotable de perdurar. Comprendió que había decidido vivir, que se negaba a la oscuridad, se instaló con un boliche de menestras en el Camino Cintura e ideó que sólo le faltaba parir para completar su existencia de mujer.
Fue a la Pepa, una travesti de buenas aguas y con facha de maricón divino, a quien le pidió el amor que borrara los anteriores, el que siempre ambicionó.
Siete semanas después sintió un revoloteo en el vientre que le azucaró la saliva y le dejó las caderas rígidas y crecidas. A los ocho meses parió una cría, Perlita, flacuchenta y de ojos saltones, que le sopló que en la vida la magia se hace, no se deja en manos de la fortuna.
La niña creció con la certidumbre de tener un padre que era mujer y una madre bailarina que dejó de ser puta para parirla a ella. El día que cumplió cinco años, le regalaron un vestido para que usted ternura baile español, y zapatos de medio taco, de modo que se viera más grandecita , y armaron un festejo de cumpleaños, y no invitaron a nadie porque no tenían a quien invitar, y la niñita bailó merengue, bailó mambo, como lo hacía su madre, y de aperitivo le pidieron que cantara, y ella, musical, cantó una ranchera de tres copas como lo hacía papá. Entonces Daniela y La Pepa la felicitaron y a medianoche le ofrecieron un traguito y ella se hinchó de vanidad, se convenció que el papel que había tomado le quedaba como milagro. Y ellos, Perlita, belleza, usted va a entrar a un curso de baile español, empezará otro de guitarra, y la pequeña sonreía, le hacía ilusión escuchar las predicciones de mamá, contestaba qué bonito, y lo hacía de alma, convencida que mejores padres que esos no había que buscar.
A los nueve años bailaba que daba envidia, que encandilaba a mamá y papá, practicaba de mañana y después de almuerzo y al anochecer; si hasta su maestra de danza la perseguía alarmada para aconsejarle que no bailara tanto, que jugara a las enfermeras, para que ella, la Perla buena, visitara a sus amigas; y ella, sin virajes, cuidaba la línea, comía lechugas, pollito cocido, no fallaba a los ensayos, y solidaria consigo misma se inclinó, sin meditaciones previas, por darle a la guitarra, a los rasgueos, a Marco Antonio Solís que le embrujó el tiempo y las emociones. A los doce se vestía como una adolescente de catorce y a los quince descubrió que el mundo se podía ver con más colores si se inyectaba alegría por las venas o fumaba yerba de Curimón. Su felicidad se hizo taciturna y sus pensamientos deambularon en la nada. Se fue quedando sin sutilezas que mostrar, sin variaciones; entonces nadie congratulaba a la Pepa por la contradicción cósmica de haber engendrado una hija, nadie a Daniela por haberlo hecho con un maricón. Ambos entristecían porque los esfuerzos con la muchacha se les cumplían como las termitas; la cría deambulaba que daba pena, hecha un espantapájaros, como si el amor nunca hubiese existido en este mundo.
Una mañana despertó pensando entrecruzado y decidió no volver nunca más a clases de danza. El apetito se le escabulló con disimulo, y la Perlita comenzó a descolorarse, a palidecer, a ser lo que no era, a ser al revés. A los dieciséis años abandonó el colegio, quemó el uniforme, cerró la puerta de su dormitorio, y fantaseó con transformarse en una barata. Dormía hasta la una, comía naranjas, y después se tumbaba de nuevo hasta las ocho, y luego vagabundeos por el plan. Al regresar, gritaba lo indecible, destrozaba su ropa, se arañaba el rostro. La piel se le llenó de un sarpullido escabioso, le dio pulmonía y sanó, y recayó y volvió a restablecerse. Y dejó de reconocer a la Pepa, sus gestos, no distinguió la casa, ni a su madre. Una mañana salió al patio agitada, se desnudó, lanzó sus ropas a la quebrada, una pulsera, sus zapatos, y se duchó con la manguera. Gritó sonriendo, insultó a los cielos, se vistió llorando, y después del mediodía afloró irreconocible, con el rostro convertido en un murallón imperturbable.
Daniela notó que los senderos que la llevaban a su hija se le habían extraviado. Sentía navajazos cuando la veía convertida en una hoja seca, sin voluntad, prohibiéndose el aire y la alegría.
-Te estás matando –le dijo .
-Dame un solo motivo para seguir viviendo –contestó la muchacha.
Daniela no pudo hablar, se tragó una sonrisa inventada y apretó las mandíbulas. Ese atardecer preparó una sobredosis, la dejó sobre el velador de la muchacha y se retiró segura de haber dado el paso más doloroso de su existencia.
Al día siguiente despertó inquieta, se vistió y caminó intrigada por el pasillo del segundo piso. Percibió un aroma de mar en las cortinas, giró el rostro y vio una luz húmeda que empavonaba los ventanales. Entró a la habitación de Perlita y la vio sentada sobre el piso, apagada, nívea e inmutable. Respiró profundo, cerró los ojos y le apretó las manos con fuerza. Le dio la sensación que su muchachita estaba mirando más allá de las paredes. Se con­movió. Se sentó sobre el piso hasta que sus ojos quedaron a la altura de los de Perlita. La miró excitada, le besó los labios y la abrazó.
Hija -le dijo- negrita, que Dios nos perdone una vez más.

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